Pablo escribe a la iglesia de Roma — la capital del mundo civilizado — y afirma sin titubear: «No me avergüenzo del evangelio.» Esta no es bravuconería; es la declaración de alguien que ha comprendido la naturaleza del mensaje que lleva.
El evangelio es «el poder de Dios para la salvación». No es una filosofía moral ni un sistema de auto-mejoramiento. Es la intervención soberana del Creador en la historia, irrumpiendo en la oscuridad de la condición humana con la luz de la gracia redentora.