Durante siglos, la iglesia ha orado los Salmos. Son el libro de oración que Dios mismo nos entregó: ciento cincuenta cánticos que abarcan toda la experiencia humana —el gozo y la desesperación, la confianza y la duda, la alabanza y el lamento— y la ponen en palabras delante de Dios.
Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, según esperamos en ti.
Salmo 33:22
Por qué orar los Salmos
A menudo no sabemos qué decir en oración. Los Salmos nos enseñan. Nos prestan un vocabulario para emociones que apenas comprendemos y nos rescatan de oraciones repetitivas y superficiales. Cuando nos faltan palabras propias, las palabras inspiradas del Espíritu se convierten en las nuestras.
Una guía sencilla
Comienza leyendo el salmo lentamente, en voz alta si es posible. Luego vuelve a recorrerlo, pero esta vez convirtiendo cada versículo en oración personal. Donde el salmista confiesa pecado, confiésalo tú. Donde alaba, únete a su alabanza. Donde clama, lleva tu propio clamor.
No tengas prisa por terminar. Un solo salmo puede alimentar un tiempo entero de comunión con Dios. Algunos creyentes recorren los ciento cincuenta en un mes; otros se detienen días enteros en uno solo.
Los salmos difíciles
No evites los salmos de lamento ni los que expresan enojo. Dios no se escandaliza de nuestra honestidad; al contrario, nos invita a traerle todo. Orar estos salmos nos enseña que la fe no consiste en fingir que todo está bien, sino en llevar la realidad —incluso la más dolorosa— a la presencia del Señor.